“La iglesia se implica hasta poner en riesgo su comodidad. Entonces, se detiene”

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Los últimos datos de la organización ONUSIDA acerca de la incidencia del VIH en Mozambique, con fecha de 2015, reflejan que un millón y medio de personas están infectadas por el virus. De éstas, 110.000 son menores de quince años. La cifra general se traduce en 233 nuevos casos y 108 muertes relacionadas con el sida cada día. Uno de los diez países del mundo más afectados por el virus. Allí se encuentra Sara Marcos, misionera de la UEBE (Unión Evangélica Bautista de España), para trabajar en el proyecto del Centro Social de Integración de Macia. Una iniciativa que se enfoca en el seguimiento de casos infantiles de VIH, así como de menores que sufren limitaciones de movilidad, parálisis cerebral o síndrome de Down. Los sectores más desfavorecidos en el país. “Aquí se tiene la idea de que hay que cuidar al más fuerte y al que se puede valer por sí mismo”, explica.

El proyecto consiste, por un lado, en ofrecer a estos colectivos de niños y niñas “un lugar de refugio”, en el que se les proporciona alimentación y formación. Además, los miembros del centro también trabajan con los profesores de las escuelas y las familias de los menores para formarlos en la interactuación con los menores y la comprensión de sus necesidades y garantizar así su inclusión. “El problema es la falta de aceptación que sufren, por eso el proyecto combina estos dos problemas”, asegura.

DESMITIFICANDO LA MISIÓN

Desde La Misión (1986), de Roland Joffé, hasta Silencio (2016), de Martin Scorsese, el mundo cinematográfico ha tenido presente la misión cristiana pero desde una concepción épica y puramente instrumentalista. Es decir, la caridad o el sufrimiento como vías para alcanzar la fe en el otro. “Recuerdo a mi abuela. Cuando ya era muy mayor y no salía de casa, la gente iba a verla para explicarle sus problemas porque sabían que les escucharía y oraría por ellos. La misión no tiene que ver con dinero, ni con ir a un lugar, ni con dar. Tiene que ver con involucrarse con los demás. El sentido que le damos a la caridad no es lo que Dios dice en Miqueas con lo de ‘amar misericordia’. Caridad es dar algo sin ninguna relevancia más, sin ir más allá. Es lo que pensamos que nos toca hacer y la misión es lo que debemos hacer”, insiste Sara, que comenzó su ministerio hace trece años en Guinea Ecuatorial. A excepción de unos meses en Guatemala justo después del seminario, que le sirvieron para reafirmarse en su llamado de servir en otros países, siempre ha trabajado en África.

El equipo en Guinea Ecuatorial. / Foto: S.M.

En el pequeño estado ubicado en el Golfo de Guinea, principalmente se ha dedicado al discipulado, a pastorear y a coordinar proyectos educativos y escolares, así como un proyecto de autoproducción agrícola femenina y otro de taller de bisutería. “Realmente es otro mundo. Te ayuda a replantear tu propia cultura y a analizarte y se crece mucho”, afirma. “En Guinea se dice que estructuran su manera de pensar en el pasado y en el presente. Y nosotros nos enfocamos totalmente al futuro”. Aún así, matiza que no se ha movido tan sólo por la predilección que pudiese sentir por el lugar, sino por los proyectos que se han llevado a cabo. “En el seminario me llamaba la atención poder ir a otros sitios en los que resulta complicado vivir la vida cristiana. En aquella época tenía la idea de que la misión implicaba marcharse a otro país, y si puede ser exótico mejor. Ahora veo que misión no es más que servir y se hace dónde estás. Misión es el sentido de la iglesia y el sentido de nuestra vida”.

UNA PREDICACIÓN INACABADA Y LA VISIÓN OCCIDENTAL

Durante la sesión de Skype que ha servido como plataforma para realizar esta entrevista, Sara cuenta una anécdota que presenció en Guinea Ecuatorial. En una ocasión, mientras se encontraba en un culto de domingo, entró en la iglesia un hombre que venía de una curandería, gritando y pidiendo ayuda, según explica. Fuera del edificio estaba la curandera, que le gritaba que saliese. “El programa se fue al traste. Yo, con mi mentalidad europea, pensaba que todo estaba estropeado. En cambio, a nadie más le importó que la predicación no se acabase y no querían que el hombre se marchase. Porque en la misión, lo que importa es la persona”, apunta.

Una reunión en una iglesia en Mozambique. / Foto: S.M.

Refugiados, bullying, identidad de género y aborto. Todos ellos son terrenos potenciales para la misión, según Sara Marcos. “Las iglesias no acaban de abrirse hacia fuera. Muchos grupos de jóvenes hacen ahora lo mismo que hacía yo hace 25 años y tienen muchos temas que afrontar ante los que están sufriendo porque no se les da respuesta”, manifiesta. “No estoy entrando en la posición que se debe tomar sino en la necesidad de tratarlo. Miramos mucho hacia adentro y hablamos de quiénes somos y de nuestro ministerio en la iglesia pero no tenemos respuesta para todos los planteamientos que se dan ahora en la sociedad. Esto es malentender el concepto de Iglesia y de vida cristiana”. En este sentido, Sara considera que en la Iglesia establecida en Occidente y en las zonas del planeta, donde hay menos riesgo de conflictos y un bienestar más desarrollado, se da una situación de comodidad que acaba limitando la acción de los cristianos. “Creo que la Iglesia se implica hasta cierto punto. Cuando se pone en riesgo su comodidad, sus pilares, entonces se detiene”.

Sobre las diferentes organizaciones que han surgido a raíz de la crisis socioeconómica actual, defiende que “no tiene sentido separar la acción social del hecho de ser cristiano. Todo es misión. Parece que hay miedo a decir que soy cristiano y que por eso actúo y es más fácil justificarlo como la responsabilidad social propia de cada persona”, declara.

“Volver a los inicios” es la solución planteada por esta misionera, que descarta la idea de que se necesiten persecuciones para una transformación de la Iglesia. “Si no estamos siendo refugio, debemos detenernos, volver al evangelio y dejar que Dios que no toque”, enfatiza.